Extracto de “El bosque iluminado”

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Siento mi corazón detenerse cada vez que pienso en ella y no existe nada que alivie la angustia que de pronto invade mis sentidos. Aún vivo con el constante conflicto de no haber estado allí con ella cuando más me necesitó. En momentos como ese, trato de encontrar consuelo en mi convicción de que ella siempre supo que yo la quería. Profundamente. Tampoco puedo evitar sonreír cada vez que contemplo al joven y bellísimo cerezo rosado, que se eleva elegantemente en medio de la cama amarilla de margaritas silvestres, alegrando la parte más soleada del jardín.

Esa esquina del jardín inundada de luz y los cantos de pájaros, es también el mismo lugar donde mariposas se posan a degustar del arbusto de algodoncillo en flor, el cual arropa con su sombra al bañadero de pájaros que se mantiene constantemente ocupado. Dicho oasis de agua fresca, es el sitio de aseo preferido por las palomas y los arrendajos azules que, con el vigoroso batir de sus alas, salpican de agua las alargadas y verdes hojas de los racimos de lirios del valle que cubren el suelo.

Tampoco puedo evitar estremecerme al recordar que precisamente en ese lugar del jardín, bajo el cerezo rosado y el algodoncillo, rodeada de margaritas, de mariposas y arrendajos azules es también donde ella descansará por toda la eternidad. En ese instante deseo creer que a ella también le encantaría esa esquinita soleada y que estaría complacida con mi decisión. A pesar de que aún no puedo detener el torrente de emociones que el pensar en ella me provoca, una vez más, me propongo contar la historia, tal y como yo la recuerdo. Contarla antes de que comience a olvidar y la vejez también me obligue a retar mi mente, mi existencia y cada parte de mi vida. Tampoco quiero olvidar cómo por fin logré sobrevivir el duro golpe de su ausencia y cómo ella, finalmente, también me ayudó. Aunque ya han pasado tantos años desde que murió, todavía me pregunto: ¿Fue ella quien puso en marcha tal cadena de eventos? Después del largo paso del tiempo, aún prefiero creerlo así. La coincidencia había sido demasiado grande y el momento, profundamente misterioso.

Hoy por fin me siento en paz porque mis sueños ya no son tristes. Debo confesar que ya tampoco me burlo cuando escucho a la gente decir: ‘el amor llega en muchas formas y puede materializarse en sitios inesperados’. Y que tampoco me siento avergonzado de admitir que un animal—de hecho, un animal abandonado—me ayudó a curar la herida profunda que ella me dejó con su ausencia. Por eso no quiero nunca olvidar su historia, porque si la olvido, la olvidaré a ella también. Quiero pensar que fue ese su último acto de amor. Ahora más que nunca quiero creer que verdaderamente existe un paraíso.

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